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Desarrollo

La introducción de la fibra de algodón fue desplazando paulatinamente a la lana y poco a poco empezó a tener la posibilidad de hacerse con el monopolio del mercado mundial. Reino Unido tenía mercados limitados para sus tejidos, que se vendían en Europa, América y Asia, y la demanda aumentaba continuamente a un ritmo mayor de las posibilidades de producirlos.

Precisamente la necesidad de producir más cantidad y más rápido hizo que el descubrimiento de nuevas tecnologías fuera una necesidad cada vez más importante. Los fabricantes ingleses empezaron a invertir grandes sumas en encargar nuevos inventos, capaces de multiplicar la producción. En realidad, la máquina de vapor iba a un siglo de existencia, pero hasta el último tercio del siglo XVIII no se ve la urgente necesidad de la producción mecanizada.

Lo cierto es que el algodón se cultivaba fuera del Reino Unido, en la India o en América, pero la llegada de la materia prima a bajo precio podía garantizarse por la extensión de la esclavitud y por la presión militar y política sobre las colonias con los países productores. Las grandes dimensiones de este mercado impulsaron a los negociantes a invertir en la revolución tecnológica. Las máquinas de hilar y los telares mecánicos se introdujeron en las fábricas y se desencadenó una gran competencia entre los distintos fabricantes, lo que provocaba, a su vez, la búsqueda frenética de nuevos avances que permitirán agilizar la producción y abaratar el producto. 

Se produce la retroalimentación del proceso y, por tanto, la constante renovación tecnológica. La energía va a proceder del carbón y las minas de carbón van a necesitar cada vez más máquinas de vapor de gran potencia y en grandes cantidades para bombear el agua de las galerías inundadas. Las máquinas había que fabricarlas y ello hacía a su vez necesario el mineral de hierro, y con ello más minas y más máquinas, y la industria siderúrgica, en consecuencia, pedía más energía, nuevos inventos y más máquinas.

Otro problema era incrementar la velocidad de los transportes de materias primas, carbón y manufacturas para que el beneficio de los inversores siguiera creciendo ya que era necesario vender más y más deprisa. La respuesta vino del barco de vapor, la red de canales, los nuevos caminos y, sobre todo, del ferrocarril. La navegación por ríos y canales fue solucionada con el empleo del barco de vapor pero la navegación transoceánica era más complicada y no se solucionará hasta que se invente la hélice. 

La locomotora inventada por Stephenson en 1830 fue una gran revolución en los transportes ya que sustituyó el transporte a tiro humano o animal de grandes cantidades de material. El ferrocarril fue el gran protagonista del momento por su rapidez y su capacidad de carga y se extendió rápidamente por el Reino Unido, Europa y el resto de los continentes lo que produjo una expansión sin precedentes de la minería, siderurgia y metalurgia (combustible, motores, raíles, ...). Sin duda cambió las formas de vida de los sitios por los que pasaba ya que se pudo pasar a la especialización de cultivos por regiones y supuso la desaparición de las economías de subsistencia y, a su vez, potenció el mercado de las mercancías de las que antes se autoabastecían los campesinos.

La industria algodonera y el ferrocarril se convirtieron en los sectores punta de la revolución industrial. 

 

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